TEMAS NACIONALES

Encrucijada

Política y movimiento social en México al alba del tercer milenio


Armando Bartra


El siglo XXI mexicano empezará en 2006 o no empezará. El relevo de 2000 fue una finta, un falso fin de época, y si el año que viene no hay ruptura sino restauración, viviremos por un tiempo la prolongación podrida y agusanada del viejo régimen; una versión gore del siglo XX con todo y muertos vivientes: Salinas ataca de nuevo, Díaz Ordaz regresa de la tumba, Echeverría reloaded.

El que inauguremos siglo nuevo depende principalmente de nosotros, de los de a pie, no de los candidatos, sus partidos y sus programas sino de la gente: la que vota, la que reclama y la que protesta en la calle; la que organiza sindicatos, uniones campesinas, autonomías regionales, asociaciones civiles o partidos políticos y la que nada más se junta con sus vecinos para atender problemas cotidianos; la anticapitalista y la que de momento se conformaría con limar los filos más caladores del sistema; la gente que de suyo es otromundista porque en este nomás no cabe; la gente que habla en prosa y es de izquierda, aunque no se haya dado cuenta.

El resultado no dependerá tanto de lo que podamos armar apuradamente en los próximos diez meses, como de lo que hemos construido durante decenios, porque los grandes dilemas históricos no se resuelven con ocurrencias de última hora, sino poniendo en acción convicciones, capacidades y energías acumuladas por largo tiempo. ¡Hic Rodhus Hic salta! A ver si como roncas duermes.

Un logro de Fox: vientos de unidad en el movimiento social

Hace seis años, cuando se frustró el acuerdo de la Alianza por México y la Alianza por el Cambio (un pacto contra el sistema autoritario que al apoyarse en un programa gubernamental de consenso hubiera favorecido la reforma democrática del Estado y quizá contenido las veleidades neoliberales de Fox), pensé con pesimismo que en adelante sólo abría de dos sopas: o ganaba Labastida y seguía gobernando el PRI auxiliado por el PAN del “triunfo cultural”, o ganaba Fox y gobernaba el PAN ayudado por el PRI de los neoliberales. En ambas pesadillas, lo que nos aguardaba era la privatización íntegra y trasnacional de los bienes colectivos que le quedan a la nación y el abandono definitivo de los compromisos sociales del Estado.

Por fortuna, me equivoqué: pese a su convicción neoliberal y aunque pepenó dos que tres tecnócratas del salinismo, Fox no supo llegar a un arreglo con el partido del viejo régimen y tuvo que gobernar contra PRI, contra el PRD y a veces contra su alianza. Esta disposición de fuerzas maniató al gobierno y pasmó al país, pero también impidió que avanzara la serie de reformas mercadócratas iniciada quince años antes.

Con Fox no pasó nada. Eso está mal si pensamos en lo que debió haber hecho, pero está bien si vemos lo que pretendía hacer: privatización constitucional de los energéticos, la salud, la educación, la seguridad social; reforma fiscal regresiva donde los pobres paguen más y los ricos menos; reforma antidemocrática y proempresarial de la Ley Federal del Trabajo, por mencionar algunas de sus frustradas reformas.

Pero el saldo mayor del “Gobierno del Cambio” ha sido la reanimación del movimiento social de los trabajadores del campo y la ciudad, que andaba de capa caída desde los tiempos de Salinas.

Cuando la parte de la izquierda que puros indios veía, los daba por muertos y enterrados, y la llamada Sociedad Civil se esforzaba por ocupar su lugar impulsando agendas y campañas posclasistas (derechos humanos, de género y de minorías; ecologismo; combate a la biopiratería, a los transgénicos y a la privatización del agua; altermundismo), los obreros y los campesinos se levantaron de la tumba enarbolando sus banderas ancestrales: empleo, salario, condiciones de trabajo, prestaciones, derecho de huelga, libertad sindical los de overol; tierra, precios, crédito, políticas de fomento los de guarache; y también consignas que miran más lejos: defensa del Estado social; derechos autonómicos de los pueblos originarios; preservación del petróleo, la electricidad y otros activos nacionales; cuidado de la naturaleza; autosuficiencia y seguridad alimentarias; desarrollo incluyente; soberanía nacional.

Fox y su neoliberalismo hicieron el milagro de resucitar a los muertos gremiales, pero también de unirlos en su contra y lo más importante es que provocaron la convergencia, más que circunstancial, de las corrientes de tradición independiente y autonómica, como el Sindicato Mexicano de Electricistas (SME), en el movimiento obrero, y la Coordinadora Nacional de Organizaciones Cafetaleras (CNOC), en el campesino; con gremios de añejo corporativismo como el Sindicato Nacional de Trabajadores del Seguro Social (SNTSS) y la propia Confederación Nacional Campesina (CNC). Esto se debió a que cuando el PRI salió de Los Pinos se rompió el añejo sistema de dádivas y fidelidades, pero también y sobre todo, porque la exclusión neoliberal es canija y no perdona ni a los gremios más charros.

Sin duda el viejo y el nuevo corporativismo quisieran restablecer el sistema de cuotas del gasto público, el derecho de picaporte en las secretarías de Estado y otros privilegios. Hay evidencias de que los charros y neocharros se aplacan cuando les llegan al precio. Pero las políticas privatizantes y el desmantelamiento del Estado no sólo restringen el fomento productivo y el gasto social; también estrechan los márgenes del soborno societario: una derrama clientelar necesariamente cuantiosa que no se puede limitar a los bolsillos de los líderes, pues si éstos no gestionan “beneficios” para sus agremiados las organizaciones se desfondan.

Algo de lo que pasa “allá abajo”: las nuevas insurgencias populares

Al alba del nuevo siglo, el movimiento social se semeja al de los setenta y primeros ochenta del siglo pasado, cuando el activismo de electricistas, ferrocarrileros y telefonistas desataba la insurgencia sindical; los campesinos relanzaban la lucha por la tierra y por la producción; y emergían con fuerza otras vertientes societarias como el movimiento urbano popular, el magisterial, el estudiantil y más tarde -en la inminencia de los “Quinientos años”- el despertar indígena; sin faltar esfuerzos unitarios como el Frente Nacional de Acción Popular (FNAP), de mediados de los setenta, y, a principios de los ochenta, el Frente Nacional por la Defensa del Salario, Contra la Austeridad y la Carestía (FNDSCAC). ;

Hoy el SME, el Sindicato de Telefonistas de la República Mexicana (STRM) y el Frente Auténtico del Trabajo (FAT) siguen animando el movimiento laboral, junto con el Sindicato de Trabajadores de la Universidad Nacional Autónoma de México (STUNAM), la Coordinadora Nacional de los Trabajadores de la Educación (CNTE), el Frente de Resistencia contra la Privatización de la Industria Eléctrica (FRPIE), la Asociación Sindical de Pilotos Aviadores (ASPA), la Alianza de Tranviarios de México (ATM), por mencionar algunos. Mientras que en el campo, al lado de las más que veinteañeras Central Independiente de Obreros Agrícolas y Campesinos (CIOAC), Coordinadora Nacional Plan de Ayala (CNPA) y Unión Nacional de Organizaciones Regionales Autónomas (UNORCA) se moviliza otra docena de organizaciones, algunas sectoriales de nuevo cuño: caficultores de la CNOC, cerealeros de la Alianza Nacional de Empresas Comercializadores (ANEC), silvicultores de la Red Mexicana de Organizaciones Campesinas Forestales (Red Mocaf), deudores de la banca de El Barzón. Después del proverbial parteaguas del 1994, aparecen la Asamblea Nacional Indígena Plural por la Autonomía (ANIPA) y el Congreso Nacional Indígena (CNI).

Desde hace rato el SME y otras organizaciones formaron el Frente Sindical Mexicano (FSM) y más recientemente el STRM impulsó con otros la Unión Nacional de Trabajadores (UNT), convergencias que por un tiempo se mantuvieron distantes. Pero a principios de 2003, cuando las doce organizaciones del movimiento El Campo no Aguanta Más (Mecnam) le daban rumbo al mayor despliegue campesino de los últimos decenios, la UNT, el FSM, el Mecnam, El Barzón, el Congreso Agrario Permanente (CAP) y redes como la Promotora de la Unidad Nacional Contra el Neoliberalismo, entre otros, constituyeron el Frente Sindical Campesino Indígena, Social y Popular (FSCISP), que remite al FNAP y el FNDSCAC de hace veintitantos años.

¿Los charros cabalgan de nuevo?

Con alguna excepción, estas uniones y frentes agrupan al sector beligerante e independiente del movimiento de los trabajadores: un contingente de organizaciones tibias o radicales, democráticas o caudillistas, pero que no formaba parte de las clientelas dilectas del viejo régimen. La burocracia del corporativismo priísta -los “charros” propiamente dichos- no está ahí, ya que los entenados de papá gobierno no necesitaban sufrir para merecer, pues eran el lastre del barco institucional, los incondicionales cuya función era impedir todo movimiento que no fuera de adhesión a la central, al partido, al presidente.

Pero las cosas están cambiando. En la insurgencia campesina de 2003, por ejemplo, además de los independientes que hicieron cabeza, participaron las organizaciones priístas del CAP y destacadamente la CNC. Cupular y clientelista por antonomasia, esta central siempre fue a lo suyo y a la postre negoció bilateralmente las cuotas del gasto público que presuntamente le correspondían. Pero sus acendrados usos corporativos no deben ocultar que, en el diagnóstico, la propuesta programática que se desmarca del neoliberalismo y gran parte de la negociación, autónomos y cenecistas marcharon hombro con hombro. No es el único caso. Desde hace cuatro años, las organizaciones rurales de todo signo presionan al unísono todos los años para que los diputados incrementen y reorienten el monto del gasto público destinado al campo. En cuanto al rechazo de las posturas mercadócratas, sin duda el combate a políticas públicas que sacrifican a los caficultores en beneficio de las trasnacionales, lo ha dado la CNOC y dos o tres organizaciones autónomas, pero casi siempre dentro del Foro Nacional de Productores de Café y en alianza con la Unión Nacional de Productores de Café (UNPC), de la CNC, y los pequeños y medianos de la Confederación Mexicana de Productores de Café ;(CMPC). Por último, hay que reconocer que durante 2005 fueron los cenecistas de la Unión Nacional de Productores de Caña (UNPC) y los pequeños propietarios de la Unión Nacional Cañera (UNC), perteneciente a la Unión Nacional de Propietarios Rurales (CNPR), también del PRI, quienes cuestionaron airadamente la abrogación del decreto cañero, impulsaron una ley del ramo favorable a los productores primarios y, cuando Fox ;quiso vetarla, le doblaron la muñeca con tomas de oficinas de la Secretaría de Agricultura y una movilización de 30 mil cañeros al D. F. ¿Qué estaban defendiendo privilegios corporativos, como alegó el presidente? Sin duda. Pero también reivindicaban el derecho de los cañeros a un precio digno y lo hacían movilizando campesinos que no se parecían a los tradicionales acarreados.

Lo mismo sucede en el movimiento laboral. Primero fue el sindicato del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS), que se alinea en la UNT pero es de filiación priísta, lo que no le impidió responder con movilizaciones airadas, combativas y multitudinarias a la reforma que cercenó sus pensiones. Luego fue el Sindicato Nacional de Trabajadores, Mineros, Metalúrgicos y Similares de la República Mexicana (SNTMMSRM), cuya Sección de Las Truchas sostiene, cuando escribo esto, una larga y valiente huelga contra el Grupo Villacero. Más recientemente, sorprendió a muchos que, con motivo de la reforma al Impuesto sobre la Renta que grava las prestaciones sociales de los asalariados, al previsible cuestionamiento de la UNT, el FSM, el FAT y el FSCIPS se sumaran la Confederación Obrera Revolucionaria (COR), la Federación de Sindicatos de Empresas de Bienes y Servicios (FSEBS) y la Confederación Revolucionaria de Obreros y Campesinos (CROC), pero también dinosaurios reumáticos y complacientes como la ;Confederación de Trabajadores de México (CTM) y el propio Congreso del Trabajo (CT).

Protesta y propuesta

Más allá del verticalismo y la filiación priísta que mantienen los líderes de algunas organizaciones que vienen del corporativismo y pese a la cultura clientelar que impregna a muchas que se dicen autónomas o independientes, el movimiento social donde se alinean es, objetivamente, la respuesta plebeya a las reformas neoliberales que iniciaron los gobiernos del PRI y continuó Fox, porque no hay mejor llamado a la unidad que una incluyente exclusión que a todos alcanza y, cuando la exclusión resulta de la aplicación de recetas mercadócratas durante los últimos veinte años, quiérase que no el movimiento deviene antineoliberal y de oposición al régimen, tanto al viejo como al presuntamente “nuevo”.

La reciente insurgencia popular tiene como protagonistas mayores a los gremios, pero a ellos se añaden innumerable protestas por agravios puntuales, en el modelo de los pobladores de San Mateo Atenco que impidieron la construcción de un aeropuerto en el ex lago de Texcoco (mazahuas que defienden el agua, opositores a la presa de La Parota, etcétera). Movimientos reactivos y con frecuencia efímeros, pero de gran visibilidad, que - junto con la siniestra “justicia por propia mano”- dan fe del explosivo estado de ánimo de las mayorías.

Las huelgas son escasas, los paros algo más frecuentes y proliferan las “tomas” de oficinas públicas, pero lo más visible son las marchas, plantones y mítines en la Ciudad de México y en muchas ciudades del país: punta del iceberg de una activa lucha de clases que la televisión transmuta en “caos vial”. Aunque lo de “lucha de clases” es relativo, pues más que contra los empresarios del campo y la ciudad, la mayor parte de los movimientos confrontan al Estado, a veces como patrón y con más frecuencia en tanto que responsable de las políticas públicas, lo que tiene la ventaja de politizar automáticamente las luchas.

Detrás de las airadas movilizaciones que llenan el Zócalo de la capital un mes sí y el otro también, hay un intenso activismo y una elaboración programática de alto nivel. La izquierda social está en las calles, pero también en innumerables reuniones donde se debaten las acciones y las propuestas. El sindicalismo libre no sólo se opone a la reforma patronal-gubernamental a la Ley Federal del Trabajo, tiene sus propios planteamientos; no sólo rechaza la privatización de los energéticos, tiene buenas ideas para reformar a las paraestatales del ramo; no se conforma con resistir la amputación de sus pensiones, elabora esquemas viables para reestructurar la seguridad social. De la misma manera, a principios de 2003 las organizaciones rurales en lucha construyeron juntas una propuesta integral y estratégica para salvar al campo, consensada por los doce agrupaciones del Mecnam, los miembros del CAP, el Barzón y la CNC, que constituye el borrador de un “Plan Campesino para el Siglo XXI”. Finalmente, en el contexto de FSCISP se realizaron dos Diálogos Nacionales hacia un Proyecto de Nación Alternativo al Neoliberalismo y del segundo, en el que participaron 225 organizaciones sociales y políticas, emanó la Declaración de Querétaro, que plantea cinco grandes definiciones y catorce consensos.

Esto –y mucho más– pasa aquí, mero abajo, un lugar al que no hay que ir pues es donde estamos casi todos y todo el rato. Entonces, los llamados a “construir desde abajo y por abajo” me suenan a las consignas del Comité Central en los viejos partidos vanguardistas: hay que “vincularse a las masas”, “ir al pueblo”, “hacer trabajo con obreros y campesinos”. Pero, quiénes van a hacer eso si casi todos somos pueblo, masa, obreros campesinos, similares y conexos. En fin.

Cambio de terreno

La combinación de las políticas neoliberales, que excluyen parejo, y el relevo en el gobierno federal, que descarriló el sistema corporativo, dejó como saldo la reactivación, engrosamiento, unificación y radicalización del movimiento social. Una insurgencia popular incluyente y con frecuencia encabezada por el fogueado sector autónomo de los grandes gremios, que elevó el costo político de votar a favor de las iniciativas legislativas de Fox, impidió que se consumaran algunas de las más ominosas “reformas estructurales” impulsadas por el “gobierno del cambio”.

No sólo se frenó al gobierno, en ocasiones también se le obligó a hacer compromisos y firmar pactos, como el de llevar a la Constitución la Ley Cocopa, en 2001, y el ANC, signado por el presidente y los campesinos en 2003. Fueron compromisos que no se cumplieron por algo que va mas allá de las “traiciones” y es que, cuando tocan aspectos esenciales de sus convicciones públicas y sus arreglos privados, los gobiernos neoliberales podrán pactar reformas progresivas, forzados por la coyuntura y la correlación de fuerzas, pero jamás cumplirán lo pactado.

Ante esto, cierta izquierda se convenció de que con el gobierno –cualquier gobierno– no hay nada que hacer, mientras que la mayor parte de la insurgencia social concluyó que es necesario cambiar de gobierno.

No es ésta una súbita ocurrencia del movimiento, sino una convicción que ha ido madurando con los años y los frentazos y no es, tampoco, la apuesta por un redentor que desde las alturas nos otorgará justicia social. Porque si en el México del “ogro filantrópico” aún hay mucho que hacer para liberarse de las excesivas esperanzas en el gran tlatoani, la larga marcha de los gremios independientes contra el autoritarismo priísta y el estrepitoso fracaso del mesías ranchero, nos han enseñado a no esperarlo todo del Estado. Entonces, si el cambio justiciero no se dio por la derecha, tendrá que darse por la izquierda, pero será una mudanza con dos carriles -impulsada por arriba y también por abajo- o simplemente no será.

Y también insurgencias cívicas

Suena bien. Sólo que los gremios no están para hacer política electoral y los partidos disponibles en la izquierda no han sabido enfrentar con prestancia su propia institucionalización y viven en perpetua crisis. Entonces, el movimiento social necesitaba con urgencia una contraparte política y encontró su reflejo ciudadano en las grandes movilizaciones por las libertades y contra el desafuero de López Obrador.

En el principio, fue un gobierno local que crecía en aprobación (mientras que la del presidente de la república mermaba) y cuya propuesta más atractiva era el énfasis en el gasto social (“Primero los pobres”). Como desde el principio estaba claro que el único candidato no testimonial del PRD en 2006 sería López Obrador, pues sólo gobernando con prestancia puede la izquierda formar mayorías electorales, para la derecha la conclusión era clara: había que deshacerse políticamente del Jefe de Gobierno.

No contaré de nuevo la sabida historia del frustrado desafuero. Sólo quisiera insistir en que no fue un show mediático orquestado allá arriba para encumbrar o hundir precandidatos, sino un movimiento popular amplio, básicamente espontáneo, ascendente, reflexivo y triunfante (el que diga otra cosa es que no participó). No se redujo a una manifestación silenciosa y memorable, sino que protagonizó numerosas movilizaciones: para empezar, la enorme marcha al Zócalo del 14 de marzo; una manifestación amarilla y negra para la que muchos perredistas de clóset sacaron sus camisetas y paliacates, pues por fin habían encontrado en su campo una causa importante por la que luchar; una manifestación excepcional porque la convocaba un gobernante local acosado por el poder federal, un funcionario público que se atrevía a apelar a los ciudadanos y salía airoso del intento; una acción trascendente, pues López Obrador no se quedó en la oratoria contra el desafuero, sino que, recogiendo el guante que le lanzaba la derecha, dedicó la mayor parte del tiempo a la lectura de los veinte puntos para un proyecto alternativo de nación.

Otro de los grandes hitos fue el mitin del 7 de abril, citado apenas con dos días de antelación y a una hora inhóspita (las ocho de la mañana), que sin embargo llenó el Zócalo de combativos madrugadores.

Finalmente, la descomunal marcha del 24 de abril: una manifestación que con su “silencio” buscaba inhibir las provocaciones -el único recurso que le quedaba a la derecha para reventar al movimiento-, pero que, precisamente por ausencia de consignas uniformadoras y multiplicación de pequeños mensajes en mantas y cartulinas, resultó la acción callejera más participativa y elocuente de que yo tenga memoria. Sólo quien no estuvo ahí puede decir que la del millón fue una manifestación “amordazada”.

Y ganamos, carajo. Derrotamos al PAN y al PRI, al presidente, a la presidenta, a casi todos los diputados y a los magistrados de la Suprema Corte; a los principales organismos empresariales y a la jerarquía eclesiástica; a los medios de comunicación electrónicos y a la mayoría de los impresos. Ya nos hacía falta.

La simpatía por López Obrador era nacional y el Jefe de Gobierno había presentado el libro de su autoría, Un proyecto alternativo de nación, ante nutridos auditorios en once estados de la república. Pero de momento sólo los chilangos se movilizaban masivamente. El reto, entonces, era extender la efervescencia cívica a todo el país y a eso se han dedicado las Redes Ciudadanas y el PRD, después de dar al movimiento triunfante tres meses de merecido descanso. Así, desde el 11 de agosto, López Obrador recorre el país en giras de fin de semana, que cuando escribo esto lo habían llevado a 44 ciudades de 27 estados de la república, donde había realizado más de cincuenta mítines, por lo general masivos: en Villahermosa, asistieron más de 25 mil, en Tuxtla Gutiérrez diez mil, otros diez mil en Tlaxcala, siete mil en Jalapa, seis mil en Pachuca. En menos de un mes de precampaña, el seguro candidato del PRD a la Presidencia de la República ha hecho contacto con cientos de miles de personas y los comités de las Redes Ciudadanas se extienden sobre entidades donde el sol azteca apenas tenía presencia.

Y cuando el viejo paradigma se fue, la realidad seguía ahí

Paralelamente, la izquierda está debatiendo su programa de gobierno. Además de dos libros Un México para Todos, coordinado por Cuauhtémoc Cárdenas, y Un proyecto alternativo de nación, de López Obrador, están los 50 compromisos para recuperar el orgullo nacional, también del exjefe de Gobierno, mientras que el PRD ha venido organizando una serie de foros temáticos donde se recogen propuestas para la plataforma electoral de ese partido en 2006.

Los programas se discuten acaloradamente. Así, los planteamientos sobre el corredor transístmico de Tehuantepec, las maquiladoras y las plantaciones forestales, contenidos en los 50 compromisos, han sido objetados por unos y aplaudidos por otros. Pero el debate que me parece más trascendente es económico y gira en torno al posible origen de los recursos para financiar verdaderas políticas de crecimiento, pues economistas como Rolando Delgado y Julio Boltvinik han señalado que las necesarias inversiones públicas en educación, infraestructura, reactivación de Pemex y fomento productivo, además de las que harían falta para ampliar el gasto social, no podrán ser generadas sólo con austeridad, combate a la corrupción y reducción de la evasión fiscal y las exenciones injustificadas, como propone López Obrador; de modo que es indispensable una reforma impositiva que incremente la captación. Pero como una medida de ese tipo no genera recursos inmediatos, dice Delgado, hará falta un manejo menos ortodoxo de los indicadores macroeconómicos, en particular del déficit público, pues el equilibrio a toda costa genera estancamiento. Estas medidas son difíciles de concretar cuando el Banco de México es autónomo y lo encabeza un salinista y -salvo un milagro- sin mayoría de la izquierda en el Congreso; además de la anticipable presión de organismos multilaterales, como el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional y, en lo interno, de las cúpulas empresariales autóctonas y de los bancos, mayoritariamente extranjeros.

No hay atajos. Para enmendar el rumbo al país, sin duda hay que cambiar de modelo. Pero una vez que hemos cambiado el modelo, es decir, el sistema de conceptos, valores y objetivos que guía nuestras decisiones, nos encontraremos con que el orden material sigue exactamente igual a como estaba antes. Como en estos menesteres no se puede empezar de cero, a partir del quiebre político y la drástica mudanza de paradigmas la transformación tendrá que ser gradual y avanzar venciendo resistencias internas y externas, rompiendo inercias.

Sin rumbo, es decir sin utopía, el camino del cambio verdadero es impracticable, aunque también es verdad que -sin las alianzas y acuerdos amplios de los que habla López Obrador- no será posible triunfar ni tampoco, gobernar. Pero, sin restar importancia a la tarea de ganar o neutralizar a sectores muy poderosos (las grandes corporaciones históricas como el ejército y la iglesia católica, los grupos empresariales y el propio “imperio”), el pacto más importante de la izquierda electoral debiera ser con el movimiento ciudadano y con el movimiento societario (sobre todo con este último que es el más persistente y embarnecido), porque si es verdad que los gremios urbanos y rurales, las organizaciones locales o sectoriales y las asociaciones civiles sólo aglutinan orgánicamente a una pequeña parte de la población, también lo es que tienen presencia, experiencia y propuesta, pues son la expresión cualitativa y estructurada de los más legítimos intereses nacionales. En los últimos meses, se percibe claramente que las uniones, coordinadoras y frentes en que encarna la insurgencia social y civil están deseosos de iniciar el diálogo sobre bases de respeto, pues sólo un gobierno de izquierda comprometido con los grandes sectores populares y con su legitima representación permitirá pasar de la pura resistencia a la, reconstrucción.

Con lo dicho hasta aquí, creo haber documentado que los mexicanos rasos nos aproximamos a la encrucijada de 2006 en medio de intensos y agitados preparativos, que abarcan tanto a la izquierda política como a la izquierda social. Si por decenios organizamos la resistencia y la propuesta, la autogestión cotidiana y la movilización, hoy nos preparamos para las elecciones, no por que sean el aleph de la democracia, sino porque son importantes e inminentes.

No confundo elecciones con erecciones, pero cuando nos alistamos para unos comicios trascendentes, machacar con que no sólo de votos está empedrada la democracia me parece tan inoportuno como alzarle la sábana a una pareja encarrerada, para recordarle que el sexo no lo es todo.

La Sexta

El 29 de junio de 2005, el EZLN dio a conocer la Sexta Declaración de la Selva Lacandona, un planteamiento generoso y unitario que llama a sumar fuerzas a los trabajadores del campo y de la ciudad, pues sólo así será posible dar “un nuevo paso adelante en la lucha indígena”.

Sin embargo, el sentido de la Sexta no puede separarse del momento y circunstancia de su emisión: sesenta días después de la marcha multitudinaria que desbarrancó al desafuero y ratificó a López Obrador como el más fuerte candidato a la presidencia y a once meses de las elecciones de 2006. Tampoco puede leerse haciendo abstracción de los previos y posteriores escritos y dichos del Subcomandante Marcos, planteos estridentes donde López Obrador es presentado como un político neoliberal, fascista y espejo de Carlos Salinas, amén de un peligro inminente, pues de ganar las elecciones “nos va a partir la madre a todos”.

Dos me parecen las claves para descifrar la nueva apuesta del EZLN: por una parte, los neozapatistas rectifican el ninguneo y descalificación de los movimientos sociales que habían practicado desde hace más de cuatro años y, por otra, ratifican la conclusión extraída de la traumática experiencia de 2001: “allá arriba no hay nada que hacer”, “todas las puertas están cerradas”, “la política no sirve más”.

Ninguneos

Después de reconocer que hay “campesinos... que hacen marchas” y “trabajadores de la ciudad que no se dejan... y se manifiestan”, la Sexta llama a la unidad: “Ojalá nuestros “nosotros” incluyan todas esas rebeldías”.

Este reconocimiento, que parece una obviedad, constituye sin embargo un viraje de 180 grados respecto del tratamiento que antes dieron a esas acciones populares. Hace un par de años, en pleno movimiento campesino, Javier Elorriaga, del FZLN, escribía en las páginas de Rebeldía: “Quesque hay un movimiento campesino en boga dicen... Y uno... sale... al campo y lo que se encuentra es que hay un movimiento de varios dirigentes de la clase política... que declaran mucho, dictan conferencias, hacen amenazas... Pero de campesinos en lucha, excepto algunas decenas... poco encontramos” (Rebeldía, No. 3, enero de 2003). El artículo fue redactado en enero de 2003; pocos días después, no “unas decenas” sino cien mil campesinos de todo el país desfilaban durante tres horas por las calles de la capital gritando “¡El campo no aguanta más!” Y cuando las mismas organizaciones rurales forzaron a Fox a negociar un acuerdo para salvar al México rural, Adriana López Monjardín escribió en la mencionada revista: “las formas 'amables' del diálogo... contribuyen a deslegitimar las protestas y las críticas radicales, y a abrir la puerta para estigmatizar y reprimir a quienes no se someten a las reglas del juego impuestas por el poder”, o sea, que el movimiento campesino no existe, pero si existe y negocia, entonces es cómplice de la represión gubernamental. Y que no me vengan con que se merecían las groserías por “despreciar” y “traicionar” al EZLN y a los indígenas, pues desde noviembre de 2002 entre las “Seis propuestas para la salvación y revalorización del campo mexicano”, elaboradas por lo que sería el Mecnam, estaba el “Reconocimiento de los derechos y la cultura de los pueblos indios” y el “cabal cumplimiento de los acuerdos de San Andrés”. El CNI, por cierto, fue invitado formalmente a participar en el movimiento, precisamente en la lógica de que “un nuevo paso adelante en la lucha indígena” sólo era posible marchando junto a los campesinos; sin embargo, declinó incorporarse.

Otras veces era simple ninguneo. A partir de 2001 y con motivo del ominoso Plan Puebla-Panamá, cientos de organizaciones sociales y civiles de la región se han reunido en cinco multitudinarios Foros Mesoamericanos, el primero en Tapachula, Chiapas, y el resto en los países centroamericanos. De los foros, nació la Alianza Nacional para la Autodeterminación de los Pueblos (ANAP), que agrupa decenas de organizaciones del sureste mexicano y que ha impulsado diversas luchas, como la resistencia a la presa de La Parota. Del mismo proceso surgió una convergencia rural multinacional, el Movimiento Indígena y Campesino Mesoamericano (Moicam), que ha realizado cuatro encuentros, uno en México y el resto en Centroamérica, en los que más de cincuenta organizaciones sociales de la región consensaron una Plataforma Campesina Mesoamericana. Del EZLN ni sus luces. Pero, eso sí, el 9 de agosto de 2003 el EZLN da a conocer su propio Plan La Realidad-Tijuana, del que desde entonces poco se sabe.

Y qué decir del FSCISP. Según uno de sus animadores, José Antonio Almazán, el EZLN fue invitado a los Diálogos Nacionales hacia un Proyecto de Nación Alternativo al Neoliberalismo, a los que sin embargo no asistió, ni siquiera con una de sus acostumbradas participaciones virtuales. Los grupos del FSCISP fueron de los primeros en saludar y celebrar el espíritu de la Sexta. Pero el EZLN ha llamado a las organizaciones a que “se sumen a nuestra iniciativa” y naturalmente el Frente no puede aceptar la invitación, en primer lugar por que es amplio y plural, pero también por que no están para andarse sumando a iniciativas de última hora, por más que sean del EZLN, cuando tienen años de armar relaciones, realizar acciones conjuntas y construir propuestas programáticas ... sin que los zapatistas los haya pelado. Y no es ardor, es realismo político.

Así las cosas, es muy alentador que el EZLN, que desde hace diez años se la jugó con el movimiento indígena y fuera de ahí prefirió bailar con la “Señora Sociedad Civil” oenegera, diga en la Sexta que “Un nuevo paso adelante en la lucha... sólo es posible si el indígena se junta con obreros, campesinos, estudiantes, maestros, empleados...”, y en carta del 30 de agosto, Marcos redondee: “Así que estaremos con las organizaciones políticas de izquierda que luchan contra el capitalismo..., con los pueblos indios que se mantienen firmes ... con las organizaciones y movimientos sociales que demandan mejores condiciones de vida y de trabajo”.

Como es habitual en el EZLN, la decisión de acercarse al movimiento político y social adopta la forma de una campaña. Una acción programada y concertada en la que debe materializarse el loable espíritu unitario (“Ojalá nuestro 'nosotros' incluya todas estas rebeldías”), pero también la percepción zapatista de la coyuntura nacional y del estado de animo de los mexicanos rasos. Es ahí donde la Sexta tuerce el rabo.

“Allá arriba no hay nada que hacer”

En 2001, el EZLN concluyó que el sistema político mexicano estaba agotado, de modo que era inútil participar en elecciones, aliarse con partidos o negociar cualquier cosa con el poder. “Allá arriba no hay nada que hacer”, decretó Marcos, y desde entonces ha venido repitiendo el apotegma. Por un tiempo, pareció que los mexicanos del común compartían su descreimiento: la ilusión de que votando a Fox todo cambiaría resultó infundada, las elecciones para diputados de 2003 fueron terriblemente desangeladas y la gente demonizó a una “clase política” que de por sí se revolcaba en el lodo. Además, la derecha empresarial se sumó alborozada a la campaña de desprestigio, pues para ellos los políticos son apenas un mal necesario. “Todos los políticos son iguales, todos los partidos son iguales, todos los proyectos de nación son iguales”, pregonan cotidianamente los “comunicadores” de la pantalla chica, erigiéndose en los únicos y auténticos adalides del pueblo televidente.

En los últimos cuatro años, los zapatistas se enfrascaron en la ardua, heroica y ejemplar tarea de consolidar sus bases de apoyo, reorganizando a los municipios rebeldes en juntas regionales de “buen gobierno” y en Caracoles. Amacizada la retaguardia, debieron pensar, llegará la hora de romper definitivamente el cerco, incursionando de lleno en los procesos nacionales con una política distinta: una política que de la espalda a los espacios y ritos de la institucionalidad burguesa; una política que, como dice la Sexta, no trate de “resolver desde arriba los problemas de nuestra nación”; una política “desde abajo y por abajo”, lo que -tanto en el discurso como en la práctica- significa dar la espalda al enrarecido y apestoso mundo de “arriba”. “No tiene caso que estemos hablando con los políticos”, dice la Sexta, y en la convocatoria a los encuentros preparatorios se lee: queremos reunirnos “...con todos los de izquierda que están de acuerdo con 'la otra campaña' y que no son organizaciones o individuos que participen en elecciones”.

Uno puede discrepar de quienes dan por muertos a los Estados nacionales y por desfondado al sistema político de la democracia representativa, pero esta no es la cuestión; el problema de los zapatistas está en que desde mediados de 2004 la raza pinolera presuntamente descreída de la política institucional y potencialmente enrolable en la pospolítica comenzó a entusiasmarse con un gobernante y una forma de gobernar que le parecen distintos. En cosa de meses, quienes según las encuestas (que Marcos también lee) habían dejado de creer en la democracia formal, las elecciones y los políticos, se afiliaron masivamente a la “esperanza” y, cuando la derecha trató de sacar a López Obrador de la jugada, los de a pie se lanzaron a defender ferozmente sus “derechos políticos”, lo que en la práctica significaba defender su derecho a hacerlo presidente.

Así, cuando por fin los zapatistas salían de su ensimismamiento y se disponían a organizar a quienes “no tratan de resolver desde arriba los problemas”, descubrieron con sorpresa que los ánimos populares habían cambiado, que entre los mexicanos de a pie los vientos soplaban en otra dirección. Cuando el EZLN se aprestaba a salir a la calle enarbolando mantas que proclaman “¡Allá arriba no hay nada que hacer!”, “¡Todas las puertas están cerradas!”, “¡La política no sirve más!”, se encontró con que, por la misma avenida pero en sentido contrario, venían marchando cientos de miles con mantas que decían “¡Viva López Obrador!”, “¡Peje el Toro para presidente!”

Pero no es sólo la inusitada insurgencia cívica encabezada por un apestoso “político”; está también el previsible desaire del movimiento social, pues mientras que en Chiapas se alistaban para convocar a los obreros y los campesinos que “no participan en elecciones”, las insurgencias urbanas y rurales habían decidido pasar de la resistencia a la reconstrucción nacional, impulsando por la izquierda el cambio necesario, es decir, comprometiendo con sus propios proyectos de nación al único candidato progresista.

En estas condiciones, al EZLN no quedaba más que dividir, provocar la ruptura de la izquierda, buscar la polarización entre quienes aún creen en el sistema político de la democracia representativa y quienes ya no creen más. Y como reman contra la corriente, los buenos modos no les funcionan. Así, a dos meses del triunfo sobre el desafuero -una lucha que el EZLN respaldó- el Subcomandante Marcos emprende una furibunda y estentórea descalificación del presunto desaforado.

Naturalmente, el problema no está en la crítica, que sólida o infundada siempre es pertinente. Lo cuestionable es el tono rijoso y la evidente intención de destruir a como de lugar -calumnias incluidas- la imagen del político más aprobado de México, que para colmo es moderadamente izquierdista. Aquí la forma es fondo, pues en verdad el destinatario de la descarga no es un político, un partido o un programa de gobierno; la ofensiva va dirigida contra una vía histórica, contra un camino de liberación que el EZLN abandonó en 2001, y que desde entonces declaró impracticable, clausurado (chiuso, closet, fermé, cerrado, ¿qué, no entienden?). Esa ruta, sin embargo, sigue siendo válida para la mayoría de los mexicanos del común, raza llanera que quiere ganar el partido, pero no apuesta al contragolpe y por tanto no está dispuesta a dejar el medio campo a los personeros de la restauración.

Por si quedaba alguna duda, el plan estratégico para empezar a construir desde abajo una fuerza popular anticapitalista y el proyecto de una nueva Constitución se llama “la otra campaña”, tiene como emblema un pingüino-pollo alternativo al gallo del tabasqueño y Marcos no pierde oportunidad de recordarnos cuál es su objetivo inmediato: “La Sexta Declaración la vamos a cumplir aunque sea solos y, si nadie quiere trabajar con nosotros, vamos a poner un letrero que diga 'se cortan cordones de hamaca y se despluman gallos'” (crónica de Hermann Bellinghausen en La Jornada, 7 de agosto de 2005). Más claro ni el agua.

No es la primera vez que el EZLN llama a marchar a contracorriente de movimientos que no cumplen sus estándares de pureza política. En 2003, mientras decenas de miles desfilábamos rumbo al Zócalo en la primera manifestación contra la guerra en Irak realmente plural y concurrida, a contraflujo y respondiendo a la convocatoria del FZLN y de Marcos, se desplazaba hacia la embajada yanqui un pequeño contingente de antimperialistas “verdaderos” donde no tenían cabida quienes “se dicen pacifistas y nada han hecho por la paz en Chiapas”. Y lo que entonces fue “la otra marcha” hoy es “la otra campaña”.

El voto secreto de las insurgencias populares

Mal harían las organizaciones gremiales del campo y la ciudad o los frentes sociales y ciudadanos si anunciaran su preferencia por algún candidato o comprometieran su voto. Esto hacen la CTM y algunos otros cascarones corporativos adheridos al PRI, pero no agrupamientos que se precian de ser democráticos, lo que no significa que el movimiento social no juegue en la cancha de la política-política, sólo que tiene que hacerlo preservando su autonomía respecto de partidos y candidatos y respetando la filiación plural de sus bases.

Los variopintos frentes, uniones, alianzas y convergencias populares se enfrentan, como el resto de nosotros, a una disyuntiva histórica: o el Estado mexicano retoma y profundiza su compromiso social o se convierte definitivamente en el lustrabotas de las trasnacionales. Me parece claro que las insurgencias populares ya tomaron posición.

La concentración que el primero de septiembre repudió en San Lázaro el informe del presidente Fox no fue tan nutrida como otras pero sí representativa del movimiento gremial. Estaban allí los electricistas de SME, acompañados por diversos integrantes del FSM, y los telefonistas del STRM con otros que forman la UNT, como los universitarios del STUNAM; de modo que hicieron presencia los dos pilares del FSCISP, pero llegaron también los minerometalúrgicos en huelga del SNTMMSRM, que son de ascendencia priísta, y las afanadoras, enfermeras y médicos de SNTSS, que siguen afiliados a ese partido; y no podían faltar los maestros de la CNTE y representantes de movimientos locales como el Frente Mazahua.

Hernández Juárez, sempiterno representante de los telefonistas y cabeza de la UNT, puede no ser el más terso de los dirigentes sindicales, pero es experimentado y claridoso. Ese día, entre gritos de “¡Ni un voto al PAN!... ¡Ni un voto al PRI!”, el líder convocó a los manifestantes a no dar un sólo sufragio a estos partidos y a terminar con el lastre histórico que han representado para los trabajadores, porque, dijo, “podemos juntar cinco o seis millones de votos, que son los que van a decidir quién será el próximo presidente”. Y machacó sobre la idea: “Sin nosotros no van a ganar la presidencia ni van a poder gobernar”. Las elecciones de 2006 son “una oportunidad, hay que entenderlo muy bien, que difícilmente vamos a volver a ver”, concluyó entre aplausos.

Voces como éstas, pero también y sobre todo presencias fervorosas y multitudinarias como el millón y pico del 23 de abril y las decenas de miles que está congregando López Obrador en sus giras por el país, son las que dan sentido y calor humano a las encuestas.

Esas mediciones, por cierto, son realmente impresionantes: a cuatro meses de la derrota del desafuero, después de que dejó la Jefatura de Gobierno y cuando apenas se inician las giras, todos los sondeos coinciden en que el tabasqueño tiene alrededor del 40 por ciento de la intención de voto, mientras que Madrazo y Creel, que son sus más cercanos competidores, tienen apenas el 25 y 20 respectivamente. La encuesta de Covarrubias y Asociados, que midió las intenciones por estado, establece que López Obrador arrasa en 11, gana en 26, empata en 2 y pierde en 6.;

Por haberse realizado las mediciones en un momento relativamente anticlimático, la que aparece es una intención de voto en frío y presumiblemente dura; persiste. Además, el tabasqueño es uno de los candidatos con menos desaprobación, de modo que su apoyo puede crecer más fácilmente que el de Madrazo, por ejemplo.

Sin duda, las encuestas son frías y, para algunos, odiosas. Pero quiénes forman ese 40 por ciento de los entrevistados que dijo preferir a López Obrador: quizá un maicero, cañero o caficultor arruinado cuyos hijos ya se fueron a los Estados Unidos; un electricista o petrolero que siente peligrar su materia de trabajo; un médico, afanador o enfermera del IMSS o del ISSSTE cuya pensión está en entredicho; un astrofísico, biólogo o antropólogo sin recursos para investigar; un pintor, escultor, cinematografista, poeta o teatrero descobijado por falta de política cultural; un desempleado; un comunero mazahua; una ama de casa que no le alcanza el gasto; un vendedor ambulante; un empresario arruinado... Lo que sobra son mexicanos agraviados por el orden imperante que muy probablemente no votarán por el PRI ni por el PAN.

Hecha a la mala vida y a las derrotas aleccionadoras, la izquierda debe atreverse a ganar, pues sin duda estamos ante “una oportunidad que... difícilmente vamos a volver a ver”. Pero el que a diez meses de las elecciones nuestro candidato parezca invencible es bueno y es malo. Por medios políticos convencionales y legítimos parece cuesta arriba que las derechas puedan impedir que López Obrador se alce con la presidencia. Pero quedan los no convencionales, los ilegítimos...

 

Publicado por Revista Memoria, octubre de 2005, http://www.memoria.com.mx. Publicado en Forociudadano el 30 de noviembre de 2005. Se reproduce en nuestro sitio únicamente con fines informativos y educativos.

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