
TEMAS NACIONALES
Bolivia
Nomadismo y excedencia en los movimientos
sociales
Raúl Prada Alcoreza
Tres preguntas de inicio: ¿Qué son los movimientos sociales? ¿Quiénes componen los movimientos sociales? ¿Es posible hablar de los movimientos sociales desde el campo teórico? De las tres preguntas, la más enigmática es la tercera. Nos hemos acostumbrado a leer sobre los movimientos sociales desde las construcciones teóricas. Hay distintas corrientes y escuelas al respecto. No se trata de hablar de ellas, ya hay exposiciones sobre sus consideraciones y modelos (Cfr. García Linera, et. al., Sociología de los movimientos sociales, Ed. Plural, La Paz, 2004).
De lo que se trata es de evaluar su pertinencia a la luz de la historia de los movimientos sociales efectivamente dados. No tanto captados por las teorías, sino desplegados en los campos prácticos, sociales y políticos. De lo que se trata es de evaluar estas teorías a partir de sus propios límites. Pero, sobre todo, de evaluar estas teorías a partir de un corte, de una ruptura, de una discontinuidad abismal entre el desarrollo efectivo de los movimientos sociales, teniendo en cuenta su singularidad y los discursos teóricos que pretenden representarlos, describirlos y explicarlos.
Ésta es precisamente la tesis de la que queremos partir. Las distintas teorías sobre movimientos sociales desarrollan sus interpretaciones desde el exterior de los movimientos sociales, desde el campo teórico, que corresponde al mapa de las instituciones académicas, sus relaciones de poder, sus redes de cofradías, sus editoriales, espacios de difusión, congresos, reuniones, la gama de comentarios y comentaristas, quienes repiten los aspectos sobresalientes de la teoría, a la manera de divulgación.
En cambio, los movimientos sociales estallan en el proceso mismo de producción de sus singularidades, vale decir, el contexto específico en que se dan, recogiendo las formas organizativas retomadas, usadas y transformadas por los movilizados, enfrentando un mapa institucional, al que reconocen como el campo enemigo, usando sus cuerpos como dispositivos de contrapoder y conductores de pasiones, afectos, gestos, lenguajes, retóricas y significaciones colectivas, que tienen una raigambre propia, los saberes de la gente.
Los movimientos sociales no se parecen entre sí, sus
experiencias y despliegues no pueden generalizarse, aunque pueden producir
efectos acumulativos de fuerzas y experiencias de un movimiento a otro, en una
suerte de red de movimientos sociales. Cosa distinta es partir de un modelo
teórico y querer ajustar la dicotomía, gama y diversidad de movimientos a las
casillas, ordenamientos y argumentaciones del modelo teórico. Esto es subordinar
la efectividad de los movimientos a la formalidad de las construcciones
teóricas. Cosa distinta es la inclusión de los efectos políticos de los
movimientos sociales a los procedimientos de direcciones sindicales y de
partidos políticos, quienes pretenden asumir la representación de los
movimientos.
Políticamente se puede usar esta representación de modo general, se puede usar
esta representación en función de los objetivos de estas instituciones
sindicales y políticas. Esta expropiación de las voluntades de las multitudes
forma parte de los procesos de estatización o, en su defecto, de los procesos de
constitución de mediaciones negociadoras y dialogantes con el Estado. De tal
modo que esto muestra hasta qué punto se ha extendido y transformado el poder.
Se puede decir que, en el contexto del diagrama del control y del diagrama clientelar, en el mapa de fuerzas en la soberanía imperial y en la soberanías subalternas, que controla e incluye, la relaciones del poder han alcanzado a las direcciones sindicales y a los partidos políticos de oposición, supuestamente antagónicos al sistema tradicional de partidos. Por lo tanto, sólo de modo subordinado pueden generalizarse, homogeneizarse, moldearse, los movimientos sociales. Sin embargo, hay que anotar que el efectivo recorrido de estos movimientos, su huella singular, su ámbito de experiencias colectivas, es irreducible a la representación. El acontecer del acontecimiento de los movimientos sociales, la exuberante excedencia de su estallido y su desplazamiento, la subversión misma, se encuentra en perpetua contradicción con las formas de dominación, también con las formas de representación. Lo que hay que tener en cuenta en los movimientos sociales son sus virtualidades inmanentes, la manifestación inmanente de los imaginarios colectivos, la circulación de los saberes.
Cada movimiento social sólo se parece a sí mismo, es irrepetible. Si encontramos parecidos entre movimientos sociales, éstos no son más que analogías. Las formas se parecen, pero no las estructuras, las composiciones, las organizaciones, los desenlaces; por lo tanto, no son equivalentes, menos similares. Sólo los ojos miopes de las teorías pueden confundir las analogías con similitudes, de este modo, esta confusión puede derivar en el supuesto de las continuidades, las homogeneidades, la historia de los movimientos sociales, como si de un movimiento a otro se puedan transmitir los contenidos efectivos, las estructuras, las organizaciones, los sujetos involucrados, manteniendo paralelamente los contextos determinados en los que se dieron.
Esto se entiende desde la mirada externa del analista, pues para él los movimientos sociales son su objeto de estudio, que también viene a ser una especie de objeto de poder. El prestigio y el capital simbólico se juegan en estos análisis. Todo esto forma parte de las valoraciones académicas, también de las redes intelectuales, como libros, revistas, columnas, participaciones.
Se ha formado entonces un estrato de intelectuales que se apropia de los efectos virtuales y políticos de los movimientos sociales, de lo apropiable a través de la red de medios y dispositivos intelectuales. Sin embargo, hay que anotar, este trabajo abstracto de los intelectuales no puede apropiarse de la inmanencia, de la potencia social, de la virtualidad inmanente que constituyen sujetos e imaginarios colectivos. No se apropia de las experiencias singulares del acontecimiento de los movimientos sociales. Esto no puede darse por la posición que ocupa la intelectualidad académica, por su externalidad misma al despliegue de los movimientos. Tampoco puede darse debido a las características de sus métodos de análisis, estos métodos tienden a la generalización, al tratamiento global de los problemas, a encontrar continuidades en los sucesos, a homogeneizar a los sujetos, borrando sus intensidades singulares.
¿Queremos decir acaso que los movimientos sociales son incognoscibles? No se trata de esto, tampoco de optar más bien por la comprensión hermenéutica, en sustitución del conocimiento. De lo que se trata es de saber cómo pueden ser comprendidos los movimientos sociales, desde qué lugares, por quiénes.
La virtualidad inmanente, las experiencias singulares, la memorización colectiva, el saber de las prácticas desplegadas, forman parte del intelecto general autonomizado, de un saber general, que funcionan en su propia multiplicidad y diferencia, en su propia ebullición azarosa, aunque siempre dando lugar a figuras colectivizadas en símbolos compartidos, tramas y narrativas colectivas más o menos compartidas, a estrategias consensuadas en pos de un horizonte de objetivos deliberados. Esta virtualidad inmanente puede dar lugar a conformaciones estables del saber colectivo, a comprensiones y conocimientos colectivizados, socializados, asumidos como tradiciones recientes.
De esta forma, el intelecto general autonomizado se convierte en una especie de conciencia histórica y política compartida de manera múltiple por la multitud. Retomando esta perspectiva barroca de la multitud, podemos ver que lo que contraponemos es el saber general al saber individual, el intelecto general al intelectual humanista, la disposición plural de las fuerzas de la multitud a la posición simbólica, jerárquica y de poder en el campo social y político por parte del intelectual.
Publicado en La Prensa, La Paz (Bolivia), 2 enero 2005. Se reproduce únicamente con fines informativos y educativos.
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