
TEMAS NACIONALES
Bolivia
El presidente indígena que nace de las urnas
Raúl Prada Alcoreza
Las elecciones nacionales bolivianas, llevadas a cabo el
18 de noviembre del 2005, culminaron con una contundente victoria, por mayoría
absoluta, del Movimiento al Socialismo (MAS). Este resultado ha dejado perplejos
a sus contrincantes, quienes operaban, en el peor de los casos, una derrota
menor. Fueron literalmente aplastados por la abrumadora victoria del instrumento
político popular, vilipendiado por una guerra sucia, llevada a cabo a través de
los medios de comunicación, controlados por empresarios partidarios de los
partidos derrotados. No hay nada que discutir. La mayoría absoluta muestra la
decisión de los votantes por un cambio efectivo, no un cambio nominal, no la
palabra cambio, que puede servir electoralmente a cualquiera, sino el cambio
material en el orden de las cosas.
En contra de los pronósticos de supuestas encuestas, que no eran más que
campañas publicitarias, en contra del chantaje del poder económico, en contra
del terrorismo empresarial y político de las clases dominantes y las
trasnacionales, se impuso estadísticamente la voluntad de cambio. No hay nada
que observar en esta victoria, salvo, por contraste, el terrorismo blanco, que
llevaron adelante como campaña los patrones, recurriendo al miedo de las clases
medias. Se ganó, como dijo, el electo presidente, Evo Morales, a pesar de las
circunstancias, y jugando también en contra del árbitro del partido. Se ganó
contra el poder del dinero, contra el poder del miedo, y en contra de la
conspiración técnica tejida minuciosamente por la corte electoral. Esta victoria
popular deja mudos, o por lo menos sin legitimidad, a los portavoces del
patronato internacional y nacional, a los agoreros de un apocalipsis,
pronosticando el caos si es que llega al poder un presidente indígena. Estos
inquisidores modernos, que imaginan el desastre, si sube al poder, la plebe, las
multitudes, los indígenas, quedaron sin sus instrumentos de tortura ante la
sublevación de las víctimas, que decidieron no serlo más. Las elecciones dejaron
como resultado la voluntad general hecha dato. Y se trata de una sumatoria que
recoge en su cantidad la cualidad de un programa de transformaciones.
Esta victoria electoral por mayoría absoluta no tiene precedentes, no solamente
cuando se toma en cuenta el período democrático iniciado el año de 1982, sino
antes, considerando lo ocurrido después de la revolución nacional de 1952,
cuando el control de las elecciones estaba en manos del partido-Estado. Las
mismas elecciones de 1966 formaron parte de un show cívico militar, exhibición
que llevó a la presidencia al extravagante General René Barrientos. Durante el
período neoliberal ninguno de los partidos, que llamamos tradicionales o
sistémicos, llegó jamás a acercarse a una mayoría absoluta. Se encontraron muy
por debajo. Para resolver la dispersión de la fragmentación del voto se
inventaron la gobernabilidad sostenida por pactos de partidos. A su vez, estos
pactos por la democracia, se sostenían en relaciones clientelares y prebéndales,
en lo que se ha venido en llamar el cuoteo político.
Lo que ha ocurrido el 18 de diciembre no tiene precedentes, es un hito. Sin
embargo, los medios de comunicación no se han pronunciado, menos los analistas
políticos. Los medios y los analistas siguen con su aburrida rutina de irse por
las ramas sin tocar el tronco, menos las raíces. Se encuentran desentonados en
el nuevo contexto, en el nuevo escenario, construido por las multitudes. Las
movilizaciones de mayo y junio del 2005 abren la coyuntura electoral, la derrota
de la conspiración de la derecha, de la santa alianza de empresarios,
trasnacionales, casta política y congreso, obligan a una adelantada apertura
electoral, a una nueva sustitución constitucional y a una nueva transición. No
se pueden explicar los resultados de las elecciones sino a la luz del ciclo de
movimientos sociales que arrancan el 2000 y duran seis años. Los movimientos
sociales construyen nuevos horizontes políticos, provocando sucesiones raudas de
coyunturas, haciéndose desmesuradamente visibles, conquistando sus derechos,
defendiendo los intereses nacionales, sociales y de los indígenas, después de
haber sido pisoteados por la casta política y las clases dominantes. Las
lecciones son una conclusión democrática de este ciclo de movilizaciones. El
gobierno popular se presenta como una conclusión política del proceso de las
movilizaciones. El presidente indígena aparece como una reivindicación histórica
de las mayorías. Con esto no se quiere decir que las movilizaciones acabaron,
sino que las movilizaciones ahora se trasladan al plano del Estado, sin dejar
sus propios territorios en las entrañas de la sociedad civil. Antes, con las
elecciones del 2002, las movilizaciones se desplazaron al parlamento, sin
abandonar sus movilizaciones y recorridos en la geografía de las luchas
sociales. Por eso, lo que ocurre está íntimamente ligado al proceso
constituyente, y en la matriz de este proceso, con el poder constituyente de las
multitudes. La multitud ahora aparece como multitud electoral, quizás de un modo
expansivo, irradiando más allá de la movilización, incorporando a los no
movilizados, empero descontentos con el cretinismo parlamentario de los partidos
neoliberales, con el cinismo de los gobiernos de turno de las clases dominantes.
Indígenas, campesinos, sindicalistas, cooperativistas, gremialistas y clases
medias votaron por el presidente indígena.
La convocatoria de Evo reproduce la convocatoria de Tupac Amaru. Aquella fue una
convocatoria a indios, mestizos, criollos, afro-descendientes y mulatos para
liberarse del yugo colonial y construir una nación. Todos tuvieron la
oportunidad de iniciar otra historia, distinta a la vivida y escogida por las
traiciones, divisiones y chantajes de las oligarquías, siempre mezquinas, además
de estrepitosamente miopes. Ahora la convocatoria es nuevamente a todos,
indígenas, mestizos, clases medias, empresarios con vocación nacional, a formar
una nación, en pleno sentido de la palabra. ¿Escucharan todos el clamor
convocativo? ¿Otra vez se impondrá el localismo empedernido de las oligarquías
que apuestan a particularismos sin destino? ¿Otra vez se disolverá la cohesión
movilizada, la multitud electoral? ¿Otra vez reaparecerá la conspiración como un
monstruo de mil cabezas? ¿Volverá el fantasma de la derrota de la Unidad
Democrática y Popular (UDP), abriéndose dos frentes al gobierno, uno de derecha
y otro supuestamente de izquierda? No sabemos la respuesta. En realidad la
respuesta esta en nuestras manos, depende de lo que hagamos en este ahora
político, en este presente, que es el único vínculo con la realidad efectiva. Lo
demás es abstracto, los fines perseguidos en el plano abstracto, que muchas
veces sirve de excusa para justificar una empedernida obsesión por la
disolución. Si es que no forma parte del brazo largo de la conspiración
conservadora. La respuesta está en la acción política, tanto del gobierno como
de las multitudes. Materializar la convocatoria es seguir consecuentemente el
programa encarnado en los movilizados. Esto tendrá que hacerlo el gobierno,
respaldado por su mayoría congresal. Materializar lo convocatoria es controlar,
vigilar y también apoyar y defender al gobierno popular. Esto por parte de la
multitud electoral.
La convocatoria esta dada, su realización depende de la consecuencia,
consecuencia tanto por parte del gobierno popular como de las multitudes,
consecuencia con el programa de los movimientos sociales, consecuencia con la
política de las multitudes, política espontánea de las masas, que saben
distinguir entre amigo y enemigo, que no sabotean y atacan al enemigo, que
controlan y exigen el cumplimiento consecuente con el programa encarnado de las
multitudes. Programa que podemos resumir en la nacionalización de los
hidrocarburos, en la convocatoria a la asamblea constituyente originaria, en la
nueva reforma agraria, que corrija las faltas y perversiones de la anterior, en
la reterritorialización de las comunidades indígenas. La convocatoria se compone
en dos, gobierno y movimientos sociales, dos que pueden llegar a
contradicciones, pero no antagonismos, el antagonismo es para los enemigos de
clase y los cipayos del imperio, dos que forman una alianza dinámica,
manteniendo la autonomía de los movimientos sociales.
Raúl Prada Alcoreza es sociólogo, Profesor de la Universidad Autónoma Gabriela René Moreno y de la Universidad Mayor Real y Pontificia San Francisco Xavier en Bolivia. Publicado en Forociudadano el 23 de enero de 2006. Se reproduce únicamente con fines informativos y educativos.
_____________________________________________