
TEMAS NACIONALES
El origen de la discriminación
Por Pablo Simonetti
Parte I
Una polémica en que estoy participando en la sección Cartas del diario El Mercurio, me ha llevado a meditar acerca del origen de la discriminación en nuestro país. El ataque de mi contradictor a la condición homosexual me lleva a preguntarme qué lo motivará, cuál es la génesis de tanta odiosidad y miedo a la diferencia. En estos días he estado leyendo el segundo tomo de la Historia General de Chile que ensaya Alfredo Jocelyn-Holt, quizá el único historiador que ha buscado claves originales para entender las fundaciones del edificio cultural de nuestro país.
Entre las fuentes que cita, las más importantes son dos: La Araucana de Alonso de Ercilla, y El cautiverio feliz de Pineda y Bascuñán. Uno guerrero y el otro clérigo, en sus obras literarias hacen brillar su capacidad de ver al otro, entender al otro, no sólo según sus propios valores hispánicos, europeos e imperiales, sino también haciendo el intento de comprender una cosmogonía nueva, la mapuche, cuyo valor es realzado por la bravura del indio y su resistencia a entregarse al dominio del español y las creencias de la Iglesia Católica.
Esas buenas costumbres, las de quien se muestra abierto a conocer un mundo diferente, se perdieron en Chile durante mucho tiempo, tanto en el debate público como en las costumbres privadas. Últimamente hay signos de una renovación de ese espíritu emprendedor y generoso, dispuesto a encontrar en el otro nuevas luces para la propia contemplación del mundo, en oposición a sentirlo como una amenaza mortal.
Entre las conclusiones del estudio de ese siglo -Chile era un quebradero de cabeza para la corona y peor todavía para los conquistadores, privados de las ilusiones que traían desde España, sometidos a la guerra interminable y la pobreza- surge la idea de que en el hasta entrado el siglo dieciocho, Chile fue un país fallido, un país sin oro, un lugar no-lugar, un país de náufragos que sueñan con volver a la patria original pero que se quedan varados para siempre en estas costas.
Y todo este pesimismo es compensado mediante la utopía, la creencia en un futuro mejor que nunca llega, la esperanza de que más al sur se encontrarán con la Ciudad de los Césares, mezcla de indio y blanco, que vive rodeado de la más suntuosa riqueza. En otras palabras, somos un país donde no se agota la esperanza, pero que se funda sobre la constatación de lo que no fue, de lo que no ocurrió, de lo que no alcanzamos a ser.
Ante la pobreza reinante y la falta de poder de la corona, los grupos privilegiados, los encomenderos, es decir, los hacendados, se vuelven fuertes en sus lugares, no al punto de volverse unos señores feudales, pero a menudo con el poder suficiente para tomar justicia por su propia mano. La Quintrala es el mejor ejemplo.
Una mujer que se sentía dueña de La Colonia al estar emparentada por el lado Lisperguer con gobernadores y oidores de la Real Audiencia y a su vez heredera por parte de su padre -de los Ríos- de una inmensa extensión de tierras. A pesar de ser una destacada representante de lo que en Chile podía llamarse La Aristocracia, la leyenda la convirtió en nuestra bruja más ilustre, apasionada devota de Dios y el Diablo. Fue el pueblo, sus súbditos, quienes la condenaron a la hoguera histórica, una venganza sutil pero duradera.
Ustedes se preguntarán qué tiene que ver esto con la discriminación homofóbica. Soy de la creencia que la peor forma de discriminación en Chile, la más extendida, solapada y dañina, es la de clases. Como un gas insidioso se cuela en nuestras conversaciones, en nuestros actos, en nuestros juicios. Si bien, por lo que he podido observar, está en decadencia entre las generaciones más jóvenes, es la inspiradora de nuevas formas de discriminación, como la regla del dinero, que está en alza, y la que existe en contra de las minorías tanto étnicas como sexuales.
Nadie dudará que la matriz del clasismo se halla en el campo chileno, especialmente en el valle central, cuya feracidad agrícola trajo la única fuente de riqueza de esos primeros tiempos. Y que fueron descendientes de los mismos hacendados, salvo contadas excepciones, quienes se enseñorearon más tarde en las riquezas mineras del norte. Es decir, tal como en el caso de la Quintrala, la unión del poder político y una relativa riqueza en pocas manos, conformó una oligarquía que se sintió superior al resto de sus semejantes, especialmente en la aplicación de justicia.
Hasta entrado el siglo XX, el Estado fue un enclave más de dicha oligarquía. Tanto el poder ejecutivo, como el legislativo y el judicial, actuaban bajo sus mandamientos. Es cosa de ver el miedo que provocaba en la prensa oligárquica la llegada a la presidencia de Pedro Aguirre Cerda o el pánico que produjo en las clases acomodadas el ascenso de Allende al poder.
Al día de hoy, el Estado, aunque exhibe claras mejorías, no es indiferente a este marcador social, en especial cuando se trata de administrar justicia. El dinero se apunta como un aliado odioso de las posibilidades de acceder a juicios justos por parte de un ciudadano clase media frente a un oligarca, y qué decir de un ciudadano pobre frente a cualquiera de los dos.
En el caso de las minorías étnicas y sexuales, es aún peor, porque no sólo deben luchar contra la falta de influencia y dinero, sino también contra los prejuicios de políticos, agentes públicos y jueces.
Todas estas formas de discriminación contribuyen a exacerbar el odio social y a profundizar la diferencia de oportunidades. La tan mentada desigualdad tiene uno de sus orígenes en este conservadurismo congénito de las clases acomodadas, que le tienen miedo al alzamiento indígena (que los amenazó durante trescientos años), a la poblada que viene a privarlos de sus bienes.
Recuerdo que mi padre se reía de los vecinos que pretendían organizar una milicia para defender el barrio de las hordas marxistas: "Si llegaran a venir, saldrían arrancando al primer disparo. Parece que les faltó jugar más a los soldaditos de plomo cuando niños".
Lo mismo ocurre, en otra esfera, con respecto a las minorías sexuales. Se trata de la indignación paranoica de un grupo social reticente al cambio, que ve en el desembarco de nuevos actores en la vida ciudadana, una amenaza personal, un ataque corsario que intenta quitarle sus blasones y relegarlo a una condición de iguales que no está dispuesto a aceptar.
Mientras en Chile no se condene la discriminación de la forma más enérgica, tanto en la privacidad de nuestras conversaciones como en los estamentos del Estado y la aplicación de políticas públicas, no habrá verdadera igualdad de oportunidades.
Por esta razón defiendo la idea de crear una ley contra la discriminación que combata fieramente cualquiera de sus expresiones, social, monetaria, étnica, de género, sexual, al punto de establecer penas de cárcel a los inculpados de incurrir en prácticas discriminatorias, especialmente si se trata de un agente del Estado. Asociada a ella, deberían existir programas estatales de apoyo a las minorías, inspiradas en el ejemplo americano de la Affirmative Action. Subsidios, cuotas mínimas, etc.
No esperemos la condena internacional para avanzar en estos temas, como ya ocurrió con el tema ambiental o el de las etnias originales. Es el sufrimiento y la postergación de millones de chilenos lo que debe impulsarnos a entender la diversidad, y por ende la igualdad de oportunidades y ante la ley, como un factor primordial para el desarrollo de Chile y el bienestar de sus ciudadanos. Creamos por una vez en nuestra esperanza y no dejemos que una vez más confirmemos que no hicimos lo que debimos hacer.
Parte II
Otra matriz de la discriminación en Chile ha sido la enseñanza católica. ¿Saben ustedes que en el Cementerio General existe un patio llamado de los disidentes, ubicado en el margen poniente, separado del resto por una muralla de siete metros de alto por tres de ancho, mandada a construir por el arzobispo de Santiago en 1871? ¿El fin de dicho muro? No permitir que el maligno contaminase las almas penitentes de los católicos enterrados del otro lado. Antes de que existiera este patio, protestantes, mahometanos, judíos, budistas, etc. eran enterrados en la ladera oriente del cerro Santa Lucía sin derecho a lápida.
De una índole tan intestina como la discriminación sufrida por los fieles de otros credos, el rechazo a la homosexualidad tomó arraigo en las costumbres a partir del siglo I de nuestra era, fruto de la creciente influencia judeocristiana en la cultura pagana de entonces. El primer gran evangelizador, San Pablo, criticó las prácticas sexuales de los pueblos mediterráneos, cuya matriz griega no condenaba la homosexualidad, como tampoco otras formas diferentes a la práctica monógama heterosexual. Y él mismo dice receloso: "Para aquellos que no puedan controlar los impulsos de la carne y dedicarse exclusivamente al culto del Señor, entonces que busquen mujer y vivan en matrimonio lo más castamente posible".
La conquista trajo las mismas consecuencias a este lado del planeta. Los hábitos sexuales de los pueblos originarios fueron condenados (la homosexualidad era uno de ellos) y se impuso el canon católico. De este modo, en nuestro continente se extiende hasta nuestros días un fuerte rechazo público hacia la sexualidad en general, y a la homosexualidad en particular. Recordemos que hasta hoy la Iglesia considera que el fin primordial del acto sexual entre hombre y mujer es la reproducción.
En Chile, hasta hace pocos años, la práctica homosexual se daba de manera furtiva, culposa, en cines, en baños públicos, en parques, anónimamente, donde no se pudieran distinguir los rostros. Unos pocos lo vivían puertas adentro, con una pareja, o con varias, pero cuidando las formas, para que no lo notara el conserje o el vecino. Nadie quería ser tildado de maricón. Implicaba pérdidas concretas: desde ya, rechazo social, pérdida de amistades, expulsión del seno de la familia, pérdida de oportunidades de trabajo, de negocios, de clientes si se era profesional.
Les sorprenderá lo minucioso de mi descripción, pero lo hago con todo propósito porque estas prácticas son todavía comunes en nuestro país: la represión es tan violenta que un porcentaje considerable de la población gay simula ser heterosexual, temerosos de que su homosexualidad les signifique la pérdida de los dos bienes más preciados por el ser humano en la actualidad: amor y trabajo. Esta es la consecuencia feroz de la discriminación.
La investigación genética como psicológica ha realizado avances en estos temas, pero aún no ha llegado a nada concluyente; sí ha dejado en claro que la orientación sexual (hacia cual sexo se dirige nuestro impulso sexual) se define antes de nacer y/o en los primeros años de vida. Soy de la idea de que estamos ante la misma complejidad que se observa en el desarrollo de rasgos del carácter del ser humano, en otras palabras, el desarrollo sexual es tan complejo como el desarrollo del carácter, en el cual influyen tanto factores genéticos como psicosociales y la orientación sexual es sólo su cara más visible.
El discurso católico se ha flexibilizado un tanto en el último tiempo, presionado por estos descubrimientos y los cambios sociales. Ahora propone que no se debe discriminar a los homosexuales, pero sí la práctica. Es al menos cuestionable que los antiguos adalides de la discriminación ahora instruyan a sus fieles para que no lo hagan, sin realizar un mea culpa urbi et orbi, sin mostrar en términos concretos un cambio en su actitud, una contrición, y siguen incurriendo a través de actos públicos en su arraigada actitud homofóbica.
Agudiza la contradicción el tono compasivo del discurso, como si los homosexuales fueran seres que padecieran de alguna enfermedad y su obligación fuera llamar a los fieles a ser caritativos. Es el discurso que habla desde el bien, desbordante de un orgullo malsano para la convivencia en una sociedad multicultural.
He sabido de grupos de estudio jesuitas que están reflexionando acerca de cómo hacer calzar la práctica de la homosexualidad dentro del plan de Dios (el sexo como una expresión de amor entre adultos, como una bendición entre las penurias de la vida terrena, como una celebración de la vida). Este intento nace de la necesidad de las comunidades sacerdotales de buscar respuestas para sus fieles: padres, madres, hijos, profesores, necesitados de una visión que no los obligue a separarse de la Iglesia. En varios países existen comunidades católicas formadas principalmente por personas homosexuales y lideradas por sacerdotes.
En buenas cuentas, la avanzada de la Iglesia, en su encuentro más íntimo con su feligresía, se ha visto forzada a darle cabida a creyentes gay y sus familiares, como en algún momento lo tuvo que hacer con los divorciados. Esperamos que esta actitud nacida del amor se imponga poco a poco en la jerarquía eclesiástica. Sin embargo, a juzgar por la lentitud con que la Iglesia se ha adaptado a otros cambios sociales, creo que no será este el camino hacia el fin de la discriminación.
Creo que la revolución vendrá una vez más de la mano del avance científico. Como ha ocurrido a lo largo de la historia con otros descubrimientos fundamentales, la ciencia se abrirá paso en la mente de los hombres a pesar de los velos eclesiásticos.
P. Simonetti es un escritor chileno. Artículo publicado en www.opusgay.cl, se publica en nuestro sitio únicamente con fines informativos y educativos.
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